16. Desmorirse y no tener hambre


...gracias por anclame al placer del sentido común.

Para Ile


En los medios de comunicación dicen que hoy toca rendirse a la actualidad y ser de nuevo uno más, arrastrado por la corriente y dejándose llevar. En casi cualquier radio, televisión, diario, blog y resto de blablablas encontraremos hoy referencias a ese gran poeta que blablabla al que, si no conocéis, os invito a encontrar un ratito, el justo para darse cuenta de que, aunque no estés habituado a la lectura de poesía, Benedetti es uno de aquellos poetas claros y directos que gustan a cualquiera.

Es algo así como el Barça de Guardiola para "alguien que sólo lee libros", alguien que sufre de "frigidez deportiva". Si nos detenemos un momento a interesarnos en una afición ajena, inusual y extraña para nostotros -aunque compartida por muchos otros seres humanos-, al final acabas por descubrir que, en determinadas circunstancias cercanas a una experiencia sublime, terminas por leerte unos versos después de ver el partido en el que gana tu equipo por goleada. Leerlos es quedarse un poco enganchado, y mejor que descubra la poesía quien quiera, como con cualquier otra substancia adictiva.

En días como hoy, después de releer un tanto a los fallecidos, doy gracias por haberme desmorido, por no haberme quedado plantado sobre el asfalto en aquel accidente de moto que tuve hace unos 11 años. O no... Lo cierto es que me da igual. No vine a salvar a la humanidad. Me podía haber quedado allá. Total, en ese caso, ahora tampoco sería consciente de todo lo que me habría perdido de la vida, de todo lo que he ganado a la muerte. Y sí, qué crudo.

En fin, acabo de pillar esta sensación de la nevera, después de dejar el teclado y hacerme un peta. Falta cocinarla un poco y darle cariño, para transformarla en algo sabroso y apetitoso, tan diferente este cacho de carne recién cortada y ensangrentada, pero hoy no tengo hambre, no. Todavía. Todo llegará. A lo mejor entonces me empacho de nuevo Benedetti, Martí i Pol , Palabra de Jesús y blablabla, me da un subidón de amor y respeto por mí mismo y escribo y escribo... Con un poco de suerte, me crucifican en televisión y me saco un dinerillo con la escandalera.

Recuerdo que tuve una constructora. El declive del negocio arrancó cuando mis principales enlaces contractuales me dejaron de comprar pisos y me quedé únicamente con la familia y los amigos. Enemigos tenía un rato largo. Tan sólo contando el número de deshaucios que había llevado a cabo...

El día en que vendí la última pieza de mi colección más preciada -aunque estuviera un tanto devaluada por circunstancias del mercado-, la colección de sacos de cemento de todo el mundo, monté una lavandería, para estar en contacto con lo que lleva la gente
encima durante el día, fuera de sus casas, su armadura de currante, su abrigo de fiesta... A veces me llevaba el trabajo a casa. Aunque suene a slogan, la ropa sucia resucita con cada lavado. La vida de la ropa limpia, especialmente la de los niños, es como la de una luciérnaga o una polilla: corta pero intensa, nerviosa, ágil, eléctrica. Ahora en la lavadora de casa larva ropa sucia que tenderé limpia al sol de la terraza, para después dejarla deslizarse sobre la piel de alguna persona configurada como cliente.

Podría no desvariar tanto y montar en serio la lavandería. Podría comenzar por mi casa, repleta de alas de polillas muertas y sacos húmedos de cemento.


Nota: La dedicatoria es de la última vez que pisé puerto.

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